dissabte, 15 d’octubre del 2016

El sentido de la vida después de perder una hija


Han cambiado muchas cosas desde la muerte de mi hija Alèxia, y ahora soy mucho más consciente de la inutilidad de plantearse cuestiones tan trascendentes (en apariencia) como el sentido de la vida, o la búsqueda de la felicidad. ¿Qué sentido tiene la vida para quien vive en la indigencia física, o psíquica? La superviviencia, nada más. ¿Y para aquél que la vida ha transcurrido por un guión preescrito, sin divergencias, donde todo va encajando como las piezas de un rompecabezas, sin sobresaltos? Lo conocido, el presente, como un cuento de hadas. Y, en medio, todos los matices. 

No hay pues una respuesta única, pues sólo existen biografías, perspectivas diferentes que miran la misma luz desglosada por el prisma de sus experiencias, siempre distintas, casi siempre inesperadas. Hasta en la pesadilla de perder un hijo caben mil y un matices: desde la edad (no es lo mismo, pero quizás sí lo es, perder un recién nacido que un hijo de 30 años...), el tipo de enfermedad (larga o fulminante, enfermedad rara o enfermedad conocida...), el motivo mismo de la muerte (enfermedad, accidente, suicidio...) ...siempre están nuestras circunstancias, nuestra biografía única, nuestro caso aunque catalogable, irrepetible.

¿Qué sentido plantearse después de la muerte de un hijo o de una hija? Hasta la misma pregunta pierde fuelle ante la magnitud del desafío, cuando el sentimiento es que hemos perdido todo lo que teníamos y no nos queda nada, absolutamente nada. El sentido de la vida se revela como una cuestión irrelevante, porque hemos perdido todo lo que daba sentido a nuestra vidas.  O así al menos lo vivimos los primeros años...también adivinamos, a medida que pasan las experiencias, que ese sentido no es único, que no es universal, que en definitiva no existe el sentido de la vida en abstracto, sino tantos sentidos como vidas se dan en el planeta.

Pero no somos únicos, ni estamos solos. Nos une el afán de supervivencia, el encarar los mismos retos de protegernos de la intemperie moral y física. La pregunta misma del sentido de la vida es absurda, lo era antes de perder a nuestros hijos, y lo es más todavia después de haberlos perdido. Lo teníamos todo, y no nos queda nada. No éramos conscientes de la sencilla brutalidad de la existencia, no sabíamos de la sinceridad terrible del tiempo, porque el tiempo no existe, lo creamos nosotros con nuestra volundad firme de tejer madejas cada vez más tupidas, hasta que finalmente nos tapan la luz, y perdemos el horizonte.

No vale revolcarse en el dolor, volver una y otra vez a la rabia y la desesperación, aunque a veces ésto no dependa de nuestra voluntad. Tampoco es moralmente honesto hacer de la muerte de nuestro hijo el inicio de una revelación, de un renacimiento a una vida superior que su ausencia definitiva nos ha revelado. Pienso que el camino del medio es la actitud correcta: luchar, no abandonarse, no quedarse en el camino, porque ésto significa morir (metafóricamente), una segunda muerte que probablemente nuestros hijos no querrían para nosotros.

Escribir, compartir, escuchar, correr, gritar, buscar la belleza, llorar desesperadamente cuando nuestro corazón nos lo pida, retomar la memoria no como un pozo, sino como una muleta para seguir en el camino, buscar pequeñas fuentes, dibujar la luz, recordar los buenos momentos, amar su risa, recordar sus sueños, buscar salidas... continuar andando siempre, aunque nos angustie muchas veces el pensar que nunca más volveremos a escucharles, aunque nos desespere el saber que no pudimos prepararles para el dolor, que acechaba en silencio la inocencia de sus vidas.

¿El sentido de la vida, la felicidad? Una trampa de nuestra mente, que busca aferrarse a la inmovilidad del momento, sin saber que nuestra existencia es una miríada de colores: sentimientos, emociones, sensaciones, percepciones, recuerdos, sueños, estímulos, renuncias, deseos, pasiones, impresiones, conocimiento...¿por qué deberíamos fijar la mente en un sólo tiempo, en un sólo estado de felicidad, en un único sentido inamovible?

Es verdad: lo teníamos todo, y ahora no nos queda nada. Hemos tenido que pasar la terrible experiencia de perder un hijo o una hija para descubrir lo poco que a veces valorábamos nuestra vida. Es verdad, es terrible su ausencia, es abominable su muerte, es un crimen sin culpables, pero existe una pequeña grieta para la luz. Esa misma luz que vimos al abrir por primera vez los ojos: la danza de la bondad, la pasión y el sueño. Nuestro tiempo, nuestros recuerdos, nuestro legado.

Porque después de todo, y antes que nada, vida.

Vida

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

© José Hierro

Cuaderno de Nueva York (1998)