diumenge, 28 de setembre del 2014

El otoño de la palabras


Para todos aquellos padres y madres que han perdido una hija o un hijo 

Ha sido un largo camino hasta llegar hasta aquí. Desde que ellos se fueron el mundo parecía imposible: no volver a escucharles, no volver a sentir su aliento, no seguir creciendo juntos, saber que nunca más les daríamos la mano para guiarles en su camino, no poder acompañarles a ese lugar sin retorno del olvido. 

Nuestros hijos.

Pero sucedió, y llegó la rabia, el desconsuelo, el desgarro del engaño y la sinrazón de la muerte de la inocencia. Se les arrebató el sueño, como la tala de un árbol joven, que esperaba la llamada de la savia en su afán de verticalidad y cielo abierto, y que de pronto se extiende exhausto y quieto, sobre una tierra yerma y desolada. Silencio. 

Nuestros hijos. 

Llegó la rabia por aquella injusticia ciega, la desesperación por aquella alegría de vivir, rota para siempre. Después fue la tristeza, el no hacer, el esfuerzo diario por levantarse y seguir navegando en una nave antigua y a la deriva. Y después de la melancolía fue el dolor punzante, que volvía en cada brote de belleza inútil, porque su ausencia nos hacía vivir la vida como una tortura inimaginable. 

Nuestros hijos.

Entonces buscamos las palabras, el construir los recuerdos, salvar la memoria, ellos no morirían hasta que nuestra sed de verles persistiese en su locura. Salvamos sus fotos, guardamos sus dibujos, sus juegos, las agendas del último curso, sus escritos, sus últimas ropas, los últimos libros que leyeron antes de irse. Era una arqueología necesaria y dolorosa, salvando sus huellas vivirían con nosotros un tiempo más -creíamos-, pero pisábamos ciénagas y no senderos, caíamos en un pozo de tiempo inexistente.

Nuestros hijos.

Poco a poco el tiempo iba apagando la certeza de las formas, mientras crecía en nuestra sangre la creencia que retazos de sus almas persistían en nuestras células -nosotros, los antaño incrédulos- y que esos sueños repetidos, donde reaparecían nuestros hijos y nos colmaban de alegría, eran el signo de que no se habían ido nunca, que quizás después de todo algo persistía más allá de la muerte. 

Ahora sólo nos quedan las palabras. En este otoño que comienza, con esta lluvia persistente que despoja los árboles de sus hojas, en este tiempo quieto que nace después del verano exhuberante y luminoso, sólo podemos narrar nuestro silencio con palabras, buscando decir lo que se esconde en el verdor silente que se apaga, en el brillar esquivo de las hojas mojadas. 

Un nido de palabras de amor, palabras -quizás- adivinadas. 

Nuestros hijos.